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sábado, febrero 21, 2026

El hombre que llevó el chocolate (con leche) a todo el mundo

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Se llamó Milton Hershey. Era el hijo de un granjero que soñaba con hacerse rico de la mañana a la noche. No lo logró pero introdujo esa semilla en su hijo. Sólo que vino inoculada con deseos de beneficiar al resto de la sociedad y no de ser un rico angurriento.

“Los negocios son una cuestión de servicio humano”, solía decir Milton Hershey el hombre que empezó fabricando caramelos y luego los abandonó cuando quiso que el chocolate (que era muy caro y solo podían consumirlo las clases altas) llegar a ser popular. Y lo logró. Y su visión, ambiciosa y audaz, sigue inspirando a quienes ven en él no solo al magnate que transformó la industria del chocolate, sino al hombre que destinó su fortuna para un propósito más grande: mejorar la vida de los demás.

A los catorce años ya trabajaba en una imprenta pero no anduvo. Luego probó en una confitería y eso si fue de su agrado. Empezó en el negocio que nunca más abandonaría.

Antes de convertirse en el “Rey del Chocolate”, conoció el fracaso repetidas veces. Abandonó la escuela en cuarto grado, perdió su primer trabajo, y dos negocios de dulces quebraron en Filadelfia y Nueva York. Durante años vivió endeudado y cambiando de ciudad hasta que, ya adulto, aprendió a usar leche fresca para caramelo, una técnica que cambiaría su destino.

En 1876, para celebrar el centenario de la Independencia de los Estados Unidos se organizó una gran exposición en Filadelfia. Al enterarse de la magnitud del evento, Milton pensó que ese era el lugar adecuado para abrir su negocio, en el corazón de la ciudad, en Spring Garden Street. La Exposición, inaugurada el 10 de mayo por el presidente Ulysses Grant, atrajo durante seis meses a millones de visitantes y cientos de expositores presentaron sus creaciones.

En la expo de 1876 Hershey hizo negocios al vender muchos caramelos

Mostrando su olfato para los negocios, en su local Milton ofrecía sus creaciones: helados, caramelos, frutas y nueces. Aunque en el lugar había otras tiendas, su negocio tenía un encanto único: con astucia, el joven se las había ingeniado para instalar un conducto de aire desde la cocina a la calle y el tentador aroma de sus dulces inundaba las calles. Nadie que pasaba por allí podía resistirse.

Sin embargo, cuando la feria terminó y la depresión económica se intensificó, las ventas se desplomaron.  A los 24 años, Milton tuvo que declararse en quiebra, dolido por la falta de apoyo familiar. Aunque su sueño se desmoronaba, su fe en sí mismo seguía firme.

En 1881, Milton decidió buscar empleo y entró a trabajar en una tienda de dulces en Denver. Ahí aprendió una innovadora receta de caramelos a base de leche, que lo inspiró profundamente. Tras un año de aprendizaje, decidió probar suerte de nuevo, esta vez en una de las ciudades más desafiantes de los Estados Unidos: Nueva York.

Su tienda en Nueva York causó sensación; los caramelos estilo Denver eran un éxito. Pero entonces, su padre, en otro de sus impulsivos consejos, le sugirió vender caramelos para la tos. Milton se enfrentó a la implacable competencia de la marca Smith Bros., líder en ese mercado, y las consecuencias no tardaron en llegar. Las ventas bajaron y las deudas crecieron, una vez más, la sombra del fracaso estaba sobre él. En 1886, otra vez, se declaró en quiebra.

Como casi no tenía dinero salió a vender sus caramelos en la calle y le fue bien. Ese fue el inicio de Lancaster Caramel Company. Aunque iba bien, no pegaba el salto. Entonces, apareció un importador británico que quedó fascinado con el sabor de sus caramelos y le hizo un gran pedido, con la promesa de pagarle una buena suma de dinero si los dulces llegaban en buen estado a Londres.

Después de varios días de tensa espera llegó un sobre de Inglaterra con un cheque de 500 libras (2500 dólares estadounidenses de aquel entonces, que a valores actuales rondarían los 85.000 dólares). Por fin, la fortuna sonreía a Milton, que logró pagar sus deudas y vio su sueño hecho realidad. Las ventas de sus caramelos Hershey’s Crystal & Cream Caramels crecieron rápidamente, cruzando el Atlántico y convirtiéndose en un fenómeno en Estados Unidos. Para inicios de 1890, su empresa prosperaba con fábricas y cientos de trabajadores, y Milton Hershey dejó de ser un soñador para convertirse en uno de los hombres más respetados de Lancaster.

En 1893, en busca de algo que despertara su pasión, viajó a una exposición en Chicago para ver las últimos inventos del mundo, sin imaginar que ese viaje cambiaría por completo su vida.

En Chicago, Milton encontró una máquina de laminado de chocolate, creada por JM Lehmann, y tuvo una revelación: “Los caramelos son una moda pasajera, pero el chocolate es eterno”. En ese instante, sin saberlo, encontró su propósito. Mientras el chocolate era un lujo reservado para los ricos, Milton soñaba con hacerlo accesible para todos. Así, pasó incontables horas perfeccionando su fórmula de chocolate con leche, decidido a cambiar para siempre el sabor del sueño americano.

Hershey Chocolate Company se incorporó como filial a su empresa de caramelos y lanzó al mercado las primeras barras de chocolate de tamaño estándar por cinco centavos. De esa forma, estableció un precio de referencia en el mercado que se mantuvo hasta un poco más de mediados del siglo pasado.

El público estaba fascinado con los chocolates Hershey, y las ventas crecían de forma imparable. A la par, el negocio de los caramelos empezó a decaer y Milton tomó una decisión audaz: vender su compañía de caramelos por un millón de dólares (unos 30 millones actuales) para dedicarse por completo al chocolate. En 1900, con su fortuna en mano, comenzó la construcción de una gran fábrica, destinada a llevar el chocolate a una escala nunca antes vista.

Su gran acierto fue vender la Lancaster Caramel Company por 1 millón de dólares (una fortuna a finales del siglo XIX) y apostar todo al chocolate. En 1900 lanzó la primera barra de chocolate Hershey y, en lugar de acumular riqueza personal, en 1918 transfirió la mayor parte de su fortuna y el control de la empresa a un fideicomiso educativo, algo casi inaudito para un magnate industrial.

Compró casi 500 hectáreas en su ciudad natal, Derry Church, estratégicamente cerca de granjas lecheras y una cantera, y con fácil acceso a los puertos de Filadelfia y Nueva York. Con la fábrica como epicentro, Milton comenzó a construir una ciudad para él y sus trabajadores.

Para 1906, su empresa superó el millón de dólares en ventas, y además de la clásica barra de chocolate, lanzó dos productos icónicos: Hershey’s Kiss y la barra de chocolate con almendras.

Se casó con Catherine

Durante varios años, la fábrica de Milton fue la más grande del mundo. A medida que crecían las ventas la ciudad también se extendía: modernas casas, escuelas, hospitales, iglesias, un parque de diversiones y hasta un zoológico. Cada rincón era testigo del sueño de Milton.

Uno de sus mejores objetivos fue siempre dar las mejores condiciones de trabajo a sus empleados y obreros. Y además, una vez viudo, decidió seguir ayudando a todos los que podía en especial a los huérfanos.

El 25 de mayo de 1898, Milton se casó con Catherine “Kitty” Sweeney. Aunque no tuvieron hijos, dedicaron sus vidas y su fortuna a mejorar la vida de los demás, especialmente la de los niños y la de su comunidad.

En 1909 fundaron Hershey Industrial School que acogía a niños de huérfanos. Milton soñaba con garantizar a los estudiantes la educación que él nunca tuvo. Especialmente deseaba que los pequeños aprendieran habilidades prácticas. “Quiero que todos aprendan un oficio. Que aprendan a ganarse la vida por sí mismos. Algunos querrán ser agricultores y se les deben enseñar los mejores métodos de gestión agrícola. Pero habrá otros que quieran ser electricistas, carpinteros, tipógrafos o fontaneros. Les daremos la oportunidad de aprender todas estas cosas”, supo decir.

No tuvo hijos biológicos, pero terminó criando de forma indirecta a miles. Tras la muerte de su esposa Catherine en 1915, su vida quedó marcada por la soledad. En lugar de herederos, decidió que su legado serían niños sin familia: en 1909 fundó una escuela para huérfanos que hoy atiende a más de 2000 estudiantes con educación, vivienda y alimentación completas.

A pesar de su riqueza, Hershey vivió sin lujos ostentosos. Reinvirtió su dinero en una ciudad entera para trabajadores, hospitales, parques y teatros. Durante la Segunda Guerra Mundial, su fábrica produjo más de 3000 millones de barras militares, llegando a fabricar 24 millones por semana para el ejército estadounidense.

Falleció en 1945, a los 88 años, sin hijos y sin lujos extremos, pero con una estructura filantrópica sólida y autosustentable. Hoy, el fideicomiso que creó sigue controlando escuelas, hospitales y espacios culturales, y mantiene viva la empresa que fundó. Su estatua con un niño huérfano lo resume todo con precisión: “Sus obras son su monumento”. En su caso, no es una frase poética, sino un balance con cifras, instituciones y miles de vidas cambiadas.

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