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lunes, enero 19, 2026

El loco de los caracoles que creó el alfajor más famoso

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Se llamó Benjamín Sisterna. Era de un pueblito de Santa Fe. En una familia de varios hermanos, él se tuvo que hacer cargo de salir a trabajar desde los ocho años. Y ya no paró. Fue vendedor de alfajores en Buenos Aires y luego instaló la famosa fábrica de Havanna en Mar del Plata con otros dos socios. Su obsesión eran los caracoles y con su fortuna, viajó por el mundo hasta tener 30 mil ejemplares

En 2025, el alfajor argentino fue elegido como la mejor galleta del mundo, al superar a clásicos globales: de cien recetas globales fue el elegido por Taste Atlas, una publicación culinaria que recopila opiniones y puntajes de comensales de todo el mundo, lleva el nombre de “Las 100 mejores galletas en el mundo”.

Quizá la reina Máxima de Holanda le dio un empujoncito a la golosina cuando enseñó la receta materna de los famosos alfajores de maicena. Pero quien empezó a transformarlo en un producto inigualable (con su cobertura de chocolate) fue Benjamín Sisterna, un humilde santafesino que amaba más los caracoles que los alfajores.

El primer caracol que tuvo el joven Benjamín Sisterna fue una voluta brasiliana que uno de sus diez hermanos -mientras hacía el servicio militar- envió de regalo a la casa materna, donde estaban él, adolescente, con su madre, y dos de sus hermanitas, y donde se había convertido en el sostén de su familia tras la muerte prematura de su padre.

Benjamín Sisterna, el niño que se iba a abrir al mundo a puro trabajo e inventiva

Como dice Federico Bruno en MdzOnline, “dejaron el caracol cuidadosamente en una repisa y no podía dejar de mirarlo, como si escondiera un mensaje secreto. Quiso más. Más caracoles. Mejores trabajos. Y un futuro mejor para los suyos, cuando la pobreza y la miseria le pisaban los talones”.   

Y sigue el relato: Había nacido en 1914 en un pueblo del norte santafesino llamado Jobson Vera y se crio en el campo. Amaba las canciones de Atahualpa Yupanqui; y tuvo una relación tan estrecha tanto con la tierra como con el mar. Deslumbraba con su inteligencia y resolvía los problemas de la escuela con una facilidad notable, pero tuvo que dejar el último año de la primaria para empezar a trabajar. Desde los ocho años, nunca dejaría de hacerlo. 

Pablo Sisterna con un caracol filipino – Foto: Federico Bruno

En 1932 se mudó a Buenos Aires y ahí sí, empezó a trabajar a full. Era un viajante de comercio de alfajores. Al poco tiempo ya tenía dos kioskos de golosinas y se posicionaba como un empresario alfajorero con muchísima proyección.

Con una rapidez notable  para los números, entró como ejecutivo de ventas a la fábrica de alfajores «El Trébol» y luego en «Santa Mónica», donde empezó a ganar tantas comisiones que en poco tiempo ya registraba los mismos ingresos que uno de los socios propietarios.

Surge el milagro argentino

Junto al italiano Luis Sbaraglini, su socio en Santa Mónica, comenzaron a recibir visitas frecuentes de un repostero especializado en bombonería llamado Demetrio Elíades, nacido en la lejana Isla de Creta, en Grecia, que les contó que había inaugurado una confitería en el corazón de la rambla marplatense, un destino en franco ascenso por la instalación del Casino, las obras de la autovía 2 y el aluvión del turismo social iniciado por el peronismo. Finalizaban los años 40 y la fábrica se instaló en Mar del Plata.

Los tres: Demetrio Elìades, Benjamìn Sisterna al centro y el italiano Luis Sbaraglini

Demetrio Elíades, el griego de Mar del Plata, tenía una confitería frente al casino. Él les compraba los alfajores. En 1947 empezaron a charlar, entre los tres, sobre la posibilidad de que ese local se transformara en una fábrica con elaboración a la vista. La idea les atrajo. Se pusieron en marcha, experimentaron con recetas. Tenían que encontrar un diferencial: antes, los alfajores no eran como se conocen hoy, eran más secos, no se usaba manteca ni margarina, tenían “menos sabor”, explica Pablo Sisterna el hijo de Benjamín.

Y había algo más que Sisterna con su olfato marketinero puso en práctica: el regalo el souvenir para llevar de recuerdo de Mar del Plata e indicar dónde estuviste de vacaciones. Golazo de media cancha. A casi ocho décadas, el modelo Sisterna persiste firme en Mar del Plata.

Lugar amplio sobre la avenida costanera de Mar del Plata: Listo para recibir a los turistas que volvían y elegían su souvenir para llevar de regalo.

La empresa se volvió rápidamente una tradición argentina y creció de forma astronómica, lo cual supuso nuevos dilemas sobre dónde y cómo abrir nuevos locales. A principios de los 70 abrieron dos franquicias en Buenos Aires, cuando no existía ni siquiera la palabra «franquicia» en el vocabulario argentino. Estos concesionarios se instalaron en la peatonal Florida. Se lanzaron a satisfacer las necesidades de los porteños durante todo el año con el riesgo que disminuyeran las ventas en los locales originales, pero nada de eso ocurrió: algunos dicen que ahí nació el rumor que dice que los alfajores comprados en Mar del Plata son más frescos y hasta más ricos. 

Filmación de los años 60: el proceso de elaboración del alfajor en su nueva fábrica

“Experimentaron por seis meses con el pastelero de Santa Mónica hasta que dieron con una fórmula que les pareció que era distinta, que iba a ser revolucionaria”, contó el hijo a La Nación. Formaron una nueva empresa, Sbaraglini, Elíades y Sisterna. Mantuvieron el nombre que el griego le había puesto a su confitería: Havanna.

“Havana es la capital de Cuba en inglés, pero nunca me quedó claro por qué Elíades eligió Havanna con doble n y v corta. Mi papá tampoco me respondió claramente. Hay teorías, como una isla griega con ese nombre, o que Havanna es la capital de Cuba en algún otro idioma, como en alemán. Pero quedará en el misterio quizá para siempre…”, agrega.

En la elaboración se aprecia la gran cantidad de personal que hacía falta

Los misioneros tardaron años en conseguirlo. Sólo los que iban a Mardel lo traían o los que pasaban por el aeropuerto Newbery en Buenos Aires o la estación de Retiro de colectivos podían conseguirlo. Los Havanna llegaron a Posadas recién en 2016, casi 70 años después que Sisterna y sus socios lo lanzaran en Mar del Plata. El eslogan fue: “Se va hoy, se va mañana, compre alfajores Havanna”. Eso terminó de posicionar a la marca, convirtiéndola en el regalo ideal que los turistas elegían para llevar a sus lugares de origen.

Llegan al lugar icónico

Entre los años 50 y 60 abrieron más locales, cerca de diez en total. El que estaba frente al casino ya no daba abasto para producir tanto: “Horneaban  las tapitas, en un lugar y después las llevaban en camión a otro lugar para hacer los ‘sanguchitos’, una cosa muy poco práctica. Mi papá les propuso a sus socios unificar todo en un espacio que fuera emblemático y con valor comercial. Había un terreno triangular a la venta, en la zona de La Perla, que por ahí no era el mejor terreno para una fábrica, pero tenía el valor de estar frente al mar, justo a la entrada de Mar del Plata. Los convenció y lo compraron”.

Sisterna ya crecido con la elegancia de la época (años 50 y 60).

La inauguraron entre 1963 y 1964. Benjamín había hecho una maqueta con su proyección, todavía mantenía también la pasión por la carpintería que había aprendido de su padre, pero el modelo ya no existe. Más tarde, en esa misma década, fallecieron sus dos socios. Benjamín pasó a ser el presidente y la cara más visible de Havanna desde entonces hasta los 80.

La locura caracol

Luego de recibir el primer caracol enviado por su hermano que hacía la colimba en el sur, Sisterna quedó obsesionado por estos moluscos. “Todavía no conocía el mar, nunca había salido de Santa Fe. No sé cómo, de un caracol pasó a tener siete, y al año siguiente, cuando fue a vivir a Buenos Aires, los llevó con él en una cajita de zapatos”, recordó su hijo.

La pasión creció, como la fábrica. Conoció el mar, fue consiguiendo un mejor pasar económico. Empezó a viajar por la Costa Atlántica juntando más y más caracoles. Hizo viajes cada vez más largos. Buscaba caracoles en sus vacaciones. Daba la vuelta al mundo para encontrar distintas especies.

La mayoría de los viajes los hacía solo, pero a veces iba con un hermano o su esposa. “Yo nunca lo acompañé, y me arrepentí de eso. Pero bueno, cuestión de estudio y demás, no pude. Llegó a dar 26 vueltas alrededor del mundo, que duraban entre 30 y 40 días. Recorría 25 localidades, se la pasaba arriba de un avión. Cada vez que bajaba en una isla o una ciudad costera, lo primero que hacía era reunirse con el coleccionista del lugar. Una época en la que no existía internet, mail, ni siquiera Fax. Él buscaba en un catálogo de coleccionistas internacionales y arreglaba los viajes con mucha anticipación. Arreglaba a través de cartas, coordinaba reuniones”, relata.

La elaboración actual también exige mucha mano de obra

En 1990, Sisterna tuvo su primer ACV. Y desde allí dejó de trabajar (tenía 76 años). Sin embargo, no dejó de viajar mientras seguía acumulando estos bichitos que viajan con su casa a cuestas.  Se recuperó bastante pero nunca volvió a la empresa. Caminaba con dificultad, con ayuda de un bastón, pero, aun así, hizo dos viajes más para seguir buscando caracoles; ya en el 93 volvió a tener un ictus (una forma de ACV más fuerte) y ya lo dejó más limitado. Ahí empezó su deterioro hasta que falleció en 1995.

Aun con un ACV a cuestas siguió viajando por el mundo para obtener ejemplares únicos

Llegó a juntar 30.000 caracoles y su hijo terminó honrándolo con la creación del lugar adecuado. Cuando Benjamín falleció, en 1995, pasaron dos cosas, ligadas a esos dos aspectos de su vida. En 1998 los socios herederos vendieron Havanna. A la par, Pablo y su mamá decidieron hacer un homenaje particular: compraron una propiedad en la avenida Colón, esquina Viamonte, con un gran terreno. Construyeron un bloque al que llamaron Museo del Mar. Exhibieron ahí la colección de su padre.
El museo no pudo autosustentarse y sobrevivió doce años.   

Fuentes: MdzOnLine, La Nación, La Capital de Mar del Plata

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