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viernes, mayo 8, 2026

La modelo obereña que llegó al cine y sigue llevando a Misiones con ella

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Se trata de Valentina Ferrari D’Agostini quien pese a su notable suceso como modelo en Milán y Europa y su irrupción en la película El diablo viste a la moda, reivindicó su origen: «Nunca dejé de ser una chica de Misiones, ni quiero dejar de serlo»

“Me descubrieron en la Fiesta del Inmigrante en Oberá cuando tenía doce años. En ese entonces, las agencias iban a esos eventos porque no existía tanto el scouting (reclutamiento) por redes sociales. Yo era muy chica y no entendía nada; incluso no quería saber nada. Siempre había jugado a desfilar en casa porque mi mamá me mostraba fotos de modelos y quedaba fascinada, pero cuando se volvió real me dio miedo. Al año siguiente volvieron agencias, incluso de Nueva York, y ahí decidí probar. Empecé a viajar y trabajar a los 14, pero siempre con mucha conciencia de que quería terminar el colegio y crecer de forma sana”.

Así arranca su descripción una muchacha de Oberá con apellidos italianos. Valentina Ferrari D’Agostini. Es muy bella, cabellos oscuros que contrastan con su piel clara y sus ojos verdes capaces de iluminar los ambientes más oscuros: «Si hay cortes de luz, Valentina pone los faroles».

Valentina emigró a Italia en 2018 para perseguir su sueño. Fue seleccionada para recrear la pasarela del Milan Fashion Week en la flamante película protagonizada por Meryl Streep, Anne Hathaway y Emily Blunt.

Pero nunca niega su origen. “Siento que en la parte de los valores sigo siendo la misma. Vengo de una familia trabajadora, normal. Mi papá era chofer de colectivos de Expreso Singer y mi mamá trabaja en el Ministerio de Salud. Siempre tuve ese respaldo y ese empuje para creer en mí”, contó a Plan B Misiones.

Siempre pensaba al modelaje como algo pasajero. Sin embargo es una mannequin hecha y derecha. Pasea su delgada figura por las principales pasarelas del mundo (Milán, París, Nueva York) mientras puede hablar inglés, francés e italiano y mechar algunas palabras del portugués.

Al principio lo veía como un hobby. Me hicieron entrevistas y decía que lo tomaba con pinzas, que quería estudiar y que no sabía si esto iba a ser definitivo. Nunca fue algo que hiciera por necesidad económica. Trabajaba, ahorraba y pagaba mis viajes. Siempre lo hice con responsabilidad, pero sin perder de vista que era muy chica y que tenía que formarme”, le contó a El planeta urbano.





Ma, lei e¨una ragazza semplice (Pero, si es una chica sencilla)

Al finalizar el secundario, estaba lista para dar el salto. “Después de terminar en el Instituto Carlos Linneo (gracias a mis tíos de Noruega. Mi tío abuelo era como mi padrino de estudios) empecé a viajar más. Hice temporadas en México, fui a Londres y después llegué a Italia. Iba a ser por tres meses y terminé quedándome. Hoy tengo 27 años y no volví a vivir en la Argentina. Fue una decisión progresiva. En un momento entendí que, si quería crecer profesionalmente, tenía que salir de mi zona de confort y enfrentar lo que viniera”.

Para ser la hija de un colectivero y una empleada de Salud Pública, su recorrido apabulla, y cual esponja, fue absorbiendo lo mejor de cada lugar. “París me dio mucho en lo artístico. Aprendí mucho de arte, fui a museos, escuché y observé. Soy muy curiosa, quiero entender todo: lo que hablan, lo que comen, cómo funciona la cultura. Londres me dio elegancia. Me ayudó a entender mi estilo y pulí mi identidad, mi forma de vestirme. También me dio carácter. No fue fácil, pero gracias a eso crecí muchísimo. Italia, finalmente, me dio pasión, incluso por la cocina. Aprendí a cocinar muy bien (se ríe). Pero, más allá de eso, me dio pertenencia cultural y estabilidad”.

Pero nunca se olvidó de su tierra colorada. “La verdad es que nunca dejé de ser la chica de Misiones, y tampoco quiero dejar de serlo. Es mi identidad. Pero sí hubo un momento en el que entendí que necesitaba una base, un hogar. No podía vivir eternamente con la valija como casa. Italia me dio esa sensación de pertenencia. Somos muy parecidos en costumbres, en la forma de ser. Aprendí italiano, francés, inglés. Integrarme fue una decisión consciente”.

«Sigo siendo una chica de Misiones que lleva su paquete de yerba a todos lados».

¿Dónde se viste el diablo?

En 2006, cuando Valentina apenas tenía siete años, una película de Meryl Streep sacudió Hollywood. La trama giraba en torno a una jefa, editora de una revista de moda, quien recibe como asistente a una chica bonita pero muy mal vestida para los canones de una revista de moda (Anne Hatthaway) y pese al maltrato que le propina a su secretaria, forjan una relación fuerte mientras esta chica se va transformando en su aspecto cual Cenicienta del siglo XXI. En muchas escuelas de administración se usó el caso de Hatthaway como una forma de estudiar acerca de cómo deben trabajar las secretarias.

Veinte años después, llegó la segunda parte de El diablo viste a la moda (Il diavolo veste Prada en el original).

Y allí encontró su lugar, Valentina. Pero nada llega como una casualidad.

“La actuación apareció como una inquietud paralela. Siempre me gustó interpretar, contar historias. La moda tiene algo de eso, porque cada desfile es un personaje, pero sentía que quería ir más allá. En la pasarela, interpreto una estética; en la actuación, una historia completa. Tenés que entender el contexto, la psicología del personaje, su recorrido. Modelar me dio disciplina, presencia escénica y seguridad frente a cámara, que son herramientas fundamentales para actuar. Pero en un set todo es más introspectivo, más técnico, más colectivo”.

Y así llegó su primera experiencia en el cine. “En mayo de 2025 trabajé en la serie «The Gentlemen», dirigida por Guy Ritchie. No soy protagonista, pero formar parte del elenco fue una experiencia muy enriquecedora porque me permitió experimentar otro lenguaje expresivo”, refirió.

Y sí: es una chica a la que no la agarran desprevenida. Entre sus objetivos aparece con fuerza Estados Unidos. “Me están tramitando la visa de trabajo y me gustaría ir, seguir creciendo. Uno de mis sueños es estudiar en el Actor Studio. Pero todo es paso a paso, con esfuerzo”, afirmó.

Valentina no olvida su tierra roja. “Siempre llevo yerba, miel, cosas de allá. Hago chipas, tomo mate. La cultura misionera está presente en mí”, contó. Incluso, junto a su pareja italiana, trabajan en un proyecto audiovisual inspirado en esa identidad.

Con la humildad de los que saben sus límites pero sin dejar de avanzar, ahí va Valentina, un orgullo misionero por el mundo

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