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jueves, abril 16, 2026

El 24M: En Misiones todos recuerdan al «Obispo rojo»

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Así se lo llamaban en los ámbitos militares a monseñor Jorge Kemerer, el primer obispo de la diócesis de Misiones. Su labor incluyó una apuesta fuerte por la educación y una vez en el cargo de Obispo, durante la última dictadura, se dedicó a rescatar de la garra de los militares a personas detenidas-desaparecidas a las que envió al exterior

Quien escribe estas líneas tuvo la oportunidad de conocer a Jorge Kemerer. Era un alemán oriundo de Entre Ríos no muy alto, calvo y de hablar bajito. No gritaba. Y al igual que el malogrado Víctor Arenhardt de Campo Grande, amaba la cuestión política, involucrarse en los temas sociales y dejar su impronta.
Recuerdo como si fuera hoy. Ya era la dictadura y estimo que el año era 1978. Estábamos con el padre Gabriel Batello (otro entrerriano) frente a la catedral de Posadas; nos encontramos con el Obispo. Y luego Kemerer nos invitó a almorzar en el subsuelo del Colegio Santa María. Y allí soltó una de esas cuestiones que lo molestaban. «Tengo un curita que le cerró las puertas de la catedral en la cara al delegado militar en Misiones para el Te Deum de un 25 de mayo. Eso fue antes del golpe militar y la verdad es que la pasamos bastante mal…»
Se refería a Luis Lirussi un cura correntino de Ituzaingó que se mandó esa jugada desafiante. Aunque los militares no mandaban como lo fue después, hacerle eso a una autoridad no era poca cosa.
Lirussi después dejó los hábitos, se instaló en París y esperó a su novia de entonces, la uruguaya Graciela Goncalvez. Ella por entonces estudiaba Investigación Socio Económica en la Facultad de Ciencias Sociales de la Unam. Lirussi se dedicó a realizar investigación sobre la lengua guaraní, algo que había mamado desde niño.

En las chacras misioneras, los colonos eran muy aferrados a la religión y la llegada del Obispo constiuía una ocasión única aunque hubiera mucho barro


Pero Kemerer no cesó en su accionar.
Como señalan en Data Urbana, la historia de la Iglesia en Misiones no puede comprenderse sin la figura de Jorge Kemerer, un hombre cuya vida estuvo marcada por la vocación religiosa, el compromiso social y una profunda apuesta por la educación. Nacido el 13 de septiembre de 1908 en San Rafael, provincia de Entre Ríos, en el seno de una familia numerosa, desde joven orientó su camino hacia el sacerdocio.
Su formación comenzó en Buenos Aires, en el Colegio de los Padres del Verbo Divino, donde se adentró en las Humanidades y la Filosofía. Más tarde, su vocación lo llevó a Europa: en Roma cursó estudios en la prestigiosa Pontificia Universidad Gregoriana, donde obtuvo el doctorado en Teología. Fue ordenado sacerdote el 30 de octubre de 1932, iniciando así un extenso recorrido pastoral.

Recién ordenado


En 1934 llegó a Posadas, donde comenzó una labor que lo vincularía definitivamente con la región. Hay que recordar que en esa época se trataba de un Territorio Nacional y que no existía formación universitaria. Durante esos primeros años, impulsado por la espiritualidad jesuítica y la reciente beatificación de Roque González de Santa Cruz, promovió una fuerte identidad religiosa en el ámbito educativo, reflejada en la transformación de instituciones locales.
Su trayectoria incluyó también una experiencia internacional en la Nunciatura de Honduras, aunque en 1940 regresó a Misiones, donde asumió responsabilidades crecientes dentro de la estructura eclesiástica. En 1942 organizó el primer Congreso Eucarístico Diocesano, un acontecimiento significativo para la consolidación de la fe en la provincia.
El punto de inflexión en su vida llegó en 1957, cuando fue designado primer obispo de la recién creada diócesis de Posadas (pero que tenía jurisdicción en toda la provincia). Desde ese rol, Kemerer se convirtió en un verdadero organizador de la Iglesia local, al recorrer intensamente el territorio, incluso las zonas más alejadas, y atender tanto las necesidades espirituales como las problemáticas sociales de la población.


Su pensamiento y acción estuvieron influenciados por el Concilio Vaticano II, que marcó una renovación en la liturgia (se dejó de usar el latín en las misas y ya no había un lado para los varones y otro para las mujeres, por ejemplo) y promovió una apertura al diálogo ecuménico (encuentro con otras religiones cristianas y no cristianas).
En este contexto, su gestión se caracterizó por una Iglesia más cercana a la gente y comprometida con la realidad social.
Uno de sus legados más trascendentes fue su impulso a la educación.
En 1960 fundó el Instituto Superior del Profesorado “Antonio Ruiz de Montoya”, la primera institución de educación superior en Misiones, con el objetivo de formar docentes y ampliar el acceso al conocimiento en la región. Esta iniciativa se convirtió en un pilar fundamental para el desarrollo educativo provincial.

Llega el golpe y aparece el obispo rojo

En marzo de 1976, hace exactamente medio siglo, los militares tomaron el poder por última vez en la Argentina. Pero lo hicieron de una manera cruel y en el intento de eliminar una guerrilla desbocada crearon su propio infierno cargado de las torturas y desaparición de personas.
Y cuando alguien era raptado por las fuerzas ahí aparecía Kemerer.
Sólo él podía así como en otros lugares existieron obispos como Novak de Quilmes y figuras como Raúl Alfonsín que recorrían las cárceles y ponían procedimientos de Habeas Corpus para tratar de saber qué había pasado con los que habían sido «chupados».

El Territorio en 1976


Como señaló El Territorio (el único medio actual que vivió y transmitió lo que pasaba en ese momento): «Durante la época de hierro en la provincia, cuando los militares torturaban los cuerpos e intentaban mutilar las almas, monseñor Jorge Kemerer supo llevar consuelo, asistió a los heridos y contuvo en medio del llanto y el dolor. Kemerer fue el primer obispo de la Diócesis de Posadas, que por entonces abarcaba todo el territorio provincial».
Y agrega un dato relevante: «Durante la época de la última dictadura militar (1976-1983), los militares lo rebautizaron como ‘el Obispo Rojo’, porque salió de manera pacífica a enfrentarse a tanta violencia y defendió los derechos humanos, al asumir una actitud comprometida con los presos políticos y sus familiares. A los uniformados los irritaba ver transitar por los pabellones a ese hombre calmo llevando un poco de paz en medio de las atormentadas almas de presos cuyo fin era incierto. Era una investidura muy respetaba por la forma en que luchaba y se jugaba por los presos políticos».


Así como hubo otros religiosos que transaron con el régimen, Kemerer simplemente se dedicó a sacar de las cárceles y poner en el exterior a aquellos delirantes que querían la «patria socialista» y apostaban a lograrlo poniendo bombas que mataban a inocentes. Y así -es probable- que haya salvado a Lirussi de su fatal destino, tal como ocurrió, por ejemplo con Pedro Peczak, el pobre colono que puso la cara mientras los porteños que habían venido a Misiones escapaban como ratas por tirante y lo dejaban expuesto a las torturas seguidas de muerte de alguien que nunca había utilizado un arma ni lanzado una bomba y que sólo buscaba mejor precios para los colonos. Pero esa es otra historia.

El Papa polaco Juan Pablo II y un saludo con el obispo Jorge Kemerer

En 1986, en el marco de la reorganización eclesiástica promovida por Juan Pablo II, la diócesis fue dividida y Jorge Kemerer participó activamente en la designación de nuevas autoridades, entre ellas Joaquín Piña al crearse la diócesis de Iguazú. Poco después, dejó su cargo episcopal, y cerró una etapa clave en la historia religiosa de Misiones.
Lejos de retirarse completamente, continuó vinculado al ámbito educativo como rector del Instituto Montoya hasta 1994, cuando fue nombrado rector emérito.

Falleció el 26 de junio de 1998, a los 89 años.

Fotos: Data Urbana

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