Se llamaba Grazia Deledda. Nació en la isla de Cerdeña en 1871. Apenas hizo la primaria: a las niñas se les enseñaba a coser y a cocinar, no a imaginar. Pero Grazia no aceptó ese límite. Aprendió sola, a escondidas. Ya adulta se trasladó a Roma. No fue sola. A su lado caminó Palmiro Madesani, un hombre que no quiso reducirla para sentirse grande.
Grazia Deledda la primera italiana en ganar el Nobel de Literatura nació en la isla de Cerdeña (Sardegna en italiano que remite a “Sardina”), en 1871. Según la costumbre de la época para las chicas sólo estudió algunos años de primaria.
Una niña sarda criada entre las montañas ásperas de Nuoro, donde a las niñas se les enseñaba a coser y a obedecer, no a imaginar. A los nueve años la sacaron de la escuela: estudiar no era necesario para una mujer. Pero Grazia no aceptó ese límite. Aprendió sola, a escondidas, leyendo de noche, robándole horas al sueño para alimentar la mente y el alma.
Y así escribía (y describía su tierra natal) con historias sencillas y entrañables.
Era la víspera de San Juan al anochecer. Olí salió de la caseta de peón caminero, situada á la orilla del camino que va de Nuoro á Mamojada, y marchó campo á través. Tenía unos quince años. Era alta y hermosa, con grandes ojos felinos, glaucos, un poco oblicuos, y boca voluptuosa, cuyo labio inferior, algo hendido en su mitad, parecía formado por dos cerezas. De la cofia encarnada, atada bajo la puntiaguda barbilla, salían dos mechones de negros y relucientes cabellos, ensortijados alrededor de las orejas. Este peinado y lo pintoresco del traje, falda roja y corpiño de brocado terminado por dos puntas recurvadas que sostenían el seno, daban á la chiquilla una gracia oriental. Entre los dedos, llenos de anillitos de metal, llevaba cintas y lazos escarlata, para señalar las flores de San Juan, ó sean matas de gordolobo, tomillo y asfódelo, que, cogidas á la madrugada del día siguiente, servían de medicina y amuletos.
Aun cuando Olí no hubiese señalado las plantas que quería arrancar, no había peligro de que alguien las tocara. Todo el campo, alrededor de la caseta donde vivía con su padre y hermanitos, estaba completamente desierto. Sólo á lo lejos las ruinas de una casa de labranza sobresalían entre un campo de trigo, cual escollo en un verde lago. En la campiña agonizaba la salvaje primavera sarda; se deshojaban las flores del asfódelo, se desgranaban los dorados racimos de la retama; las rosas palidecían en los matorrales, amarilleaba la hierba; un fuerte olor de heno perfumaba la pesada atmósfera. La vía láctea y los últimos resplandores del horizonte, que parecía una faja de mar lejano, daban á la noche claridad de crepúsculo. Cerca del río, cuyas escasísimas aguas reflejaban las estrellas y el cielo violáceo, encontró Olí á dos de sus hermanitos que cazaban grillos.
—¡Á casa! ¡De prisa!—les dijo con su hermosa voz aún infantil.
Su padre fue un poeta aficionado y su madre una mujer religiosa que la crió, junto a sus hermanos, con una extrema rigurosidad moral.

Al terminar sus estudios de educación primaria tuvo que recibir clases privadas, dado que en la sociedad de su época no era aceptado que las mujeres recibieran instrucción más allá de lo que les ofrecía la etapa primaria. Convencida de que quería seguir formándose, continuó como autodidacta sus estudios literarios.
Su tío materno, el canónigo Sebastiano Cambosu, era un clérigo erudito que podía conversar en latín con extranjeros. Cambosu observó la fascinación de la brillante niña por la magia de las palabras y le dio clases particulares, al enseñarle a leer y escribir poco antes de que comenzara el primer grado.
Al comenzar su escolarización formal, el lugar favorito de Deledda camino a la antigua escuela del convento era la librería del señor Carlino en Bia Maiore (hoy Corso Garibaldi), con sus cose magiche (objetos mágicos) —cuadernos, bolígrafos y tinta— que podían traducir la palabra en señas; e incluso más que una sola palabra, estos instrumentos mágicos podían plasmar pensamientos, ideas e historias completas. En la escuela, donde le permitían saltarse el primer grado y aún era la mejor de la clase, Deledda quedó fascinada por la pizarra con sus letreros blancos, que le parecía una ventana abierta a la imagen de una noche estrellada.
La familia de Deledda cultivaba el amor por la naturaleza, así como la literatura y la narración. Su abuelo materno, Andrea Cambosu, vivió en sus últimos años como un ermitaño, conversando con la naturaleza y rodeado de sus fieles animales. Sus hijos —su madre y su maestro, Don Sebastiano— eran soñadores distraídos, como Deledda observó en retrospectiva; y cuando hablaban, usaban palabras «con la filosa verdad». Había una especie de piedad franciscana en el ambiente, presente tanto en las costumbres de los nombres como en la iglesia. Después de soñar con su abuelo, Grazia notó que su vida estaba llena de virtud franciscana, un cálido afecto que era correspondido por los animales.
Cuando siendo adolescente publicó su primer cuento, la alegría fue breve. El pueblo murmuró. El sacerdote negó con la cabeza. Incluso su familia sintió vergüenza. ¿Escribir? ¿Una mujer? Una mujer debía callar, cuidar la casa, no llamar la atención y aparecer en un diario de la capital.
Grazia escuchó todo eso… y siguió escribiendo.
Lo hacía cuando la casa dormía. En silencio. Con una tenacidad que no pedía permiso. Transformó el rechazo en disciplina y la soledad en palabras. Cada página era una forma de resistir.
Ya adulta se trasladó a Roma. No fue sola. A su lado caminó Palmiro Madesani, un hombre que no quiso reducirla para sentirse grande. La amó sin miedo, la protegió, la defendió cuando el mundo se burlaba de una escritora y del hombre que creía en ella. No respondieron al desprecio: avanzaron.
Una mujer acompañada
La condición femenina marcó la vida de Grazia Deledda. Se trasladó a Roma en el año 1900, dejó atrás su pequeño y conservador pueblo natal, pero la sociedad patriarcal continuó siendo un tema frecuente en sus escritos. De hecho, en algún momento explicó: “Nosotras, las muchachas, jamás teníamos permiso para salir fuera de casa si no era para ir a misa o, algunas veces, para dar un paseo por el campo”.
Grazia siguió contando historias de mujeres fuertes y frágiles, de hombres rotos, de tierras duras como la vida que la había forjado. Escribió sin pedir perdón.
Hasta que el mundo, el mismo que la había despreciado, tuvo que detenerse y mirar.
Una mujer con solo estudios primarios recibió el Premio Nobel de Literatura.
Cuando subió al escenario no estaba sola. De la mano estaba Palmiro. Dos personas que no se rindieron cuando todo empujaba a hacerlo.
Porque el amor verdadero no apaga. Acompaña.
Crónica de un viaje y un discurso
Son las 7 menos cuarto de la noche del 8 de diciembre de 1927 en Estocolmo. Hace mucho frío y una mujer pequeña acaba de apearse en la Estación Central. tras un viaje de tres días en tren y ferry. Este era su primer viaje al norte de Europa. Su pasaporte, expedido en Roma apenas dos semanas antes de su llegada a Estocolmo, nos da una imagen genérica de la tímida mujer que pronto sería el centro de atención: Altura: 1,55 m; Edad: 56; Ojos: Castaños; Cabello: Blanco; Tez: Sonrosada; Fecha de nacimiento: 27 de septiembre de 1871. Lugar de nacimiento: Nuoro, Cerdeña.
Grazia Maria Cosima Damiana Deledda, casada con Palmiro Madesani fue recibida con júbilo en la estación por una comisión encabezada por el poeta Erik Axel Karlfeldt , secretario permanente de la Academia Sueca.
Deledda fue recibida con ramos de flores con los colores nacionales de Suecia e Italia.
Fue la primera escritora italiana en recibir el Premio Nobel de Literatura.
Según el comité del Nobel, recibió el premio «por sus escritos de inspiración idealista que, con plástica claridad, describen la vida en su isla natal y tratan con profundidad y simpatía los problemas humanos en general». Por ser un grito lejano del estereotipo de otros escritores italianos de su época, el premio causó revuelo en todo el país y, sobre todo, en su Cerdeña natal”.
Lo privado y lo público
En el momento del anuncio del premio Deledda llevaba una vida tranquila en Roma, junto a sus hijos adultos, el mayor llamado Sardus en honor al legendario fundador de Cerdeña, y de su sobrina Grazia. Al enterarse de que había ganado el Premio Nobel, la modesta mujer simplemente dijo: «¡Già!» (¡Ya!) y se dirigió a su oficina para continuar con su rutina de escritura. Acababa de terminar una nueva novela, Annalena Bilsini (1927) cuyo inicio puede leerse un poco más arriba, que estaba adaptando para el teatro, y ya estaba en plena escritura de su siguiente novela, Il vecchio ei fanciulli (El viejo y el joven), que se publicaría en 1928.
Grazia Deledda escoge como argumentos, temas tomados de las historias orales de su isla natal, mezcladas con una lectura atenta de los textos bíblicos y de los novelistas europeos de su tiempo.
Los temas esenciales de su obra son: el patriarcalismo sardo, el amor, el pecado, la culpa, el dolor, el sentimiento religioso la muerte, el destino, algunas de sus obras combinan lo autobiográfico con un mundo imaginario.
Sus obras tienen gran profundidad psicológica. Sus personajes representan el orden religioso establecido, la culpa y el consecuente castigo.
En casa, Deledda tenía un cuervo de mascota llamado Checcha (onomatopéyico, sin duda, pero también evocador de checché, «lo que sea», y que recuerda al evasivo gato de Cheshire de Alicia en el País de las Maravillas ). Cuando periodistas y fotógrafos llenaron la casa al día siguiente, se quedaron atónitos al encontrar a Checcha revoloteando por las habitaciones. Cuando el cuervo finalmente escapó del alboroto y se fue volando, Deledda pidió a los visitantes que se fueran también para que el ave regresara. «Si Checcha ha tenido suficiente, yo también», dijo, según se dice, mientras acompañaba a sus invitados a la puerta.
En Estocolmo, el ambiente no era tan tranquilo.
Suecia la fascinó, como se desprende de sus cartas a casa y del informe de su viaje a Estocolmo que publicó en el Corriere della Sera.
Pero también le asombraba estar rodeada de dignatarios, realeza, embajadores y ministros de Estado, y se sentía casi eclipsada por todos los que conocía.
Sin embargo, todo le parecía sacado de un cuento de hadas, así que no perdió la cabeza en medio de tanta pompa y celebración.
En la ceremonia del Nobel, cuando el historiador literario Henrik Schück la elogió solemnemente en un largo e incomprensible discurso pronunciado en su honor, y escuchó con dificultad que anunciaban su nombre y supo que debía levantarse y acercarse al rey para recibir el premio, en ese momento creyó oír el graznido de Checcha.
Al día siguiente, al escribirle a su hijo pequeño Franz, le recordó que alimentara a su pájaro-mascota y lo cuidara bien.
Deledda partió de Estocolmo el 15 de diciembre.
De vuelta en Italia, la publicidad y la atención pública eran más difíciles de afrontar, pues el cuento de hadas se convertía en una dura realidad. Benito Mussolini, recién llegado al poder, quería aprovecharse de la fama de Deledda. La escritora se vio obligada a participar en una ceremonia embarazosa donde el sello de honor que se le otorgó fue un retrato de Mussolini con una dedicatoria que Il Duce leyó con orgullo en voz alta al público: «Para Grazia Deledda, con profunda admiración de Benito Mussolini».
En privado, Grazia Deledda se refería a estas festividades fascistas como una farsa, ajena a su naturaleza; pero le parecían ineludibles, el precio de la fama. En una ocasión, Mussolini le preguntó si podía hacer algo por ella; ella solicitó de inmediato la liberación de su amigo y compatriota Elia Sanna Mannironi, encarcelado por actividades antifascistas.
También parecía compartir simpatías con otro sardo encarcelado, Antonio Gramsci, conocido por sus Cuadernos de la Cárcel. Pero la mayor vergüenza para ella —y también para la Academia Sueca— fueron los rumores que circulaban en el extranjero que sugerían que su premio era un acto de adulación política, organizado por diplomáticos italianos. Esto, a pesar de que su nombre había figurado en la nominación incluso antes de la fundación del Partido Fascista en 1915.

Una vida en los libros
Grazia Deledda vivió diez años más tras recibir el Premio Nobel, años marcados por un cáncer de mama doloroso y de lenta propagación: la enfermedad incurable que padeció su protagonista, Maria Concezione, en la excelente novela La chiesa della solitudine (La iglesia de la soledad). Esta novela fue su última, publicada el mismo año de su muerte. Deledda falleció el 15 de agosto de 1936.
A pesar de su enfermedad, Deledda se mantuvo fiel a su horario: comenzaba el día con un desayuno tardío, horas de lectura, descansaba después del almuerzo y luego escribía dos o tres horas por la tarde, siete días a la semana, año tras año. Escribía cuatro páginas a mano al día. Escribir era su vida. Era una mujer tranquila y reservada, de habla baja.
Esa isla de la sardina
Los pueblos sardos han estado aislados unos de otros a lo largo de los siglos. Esto es especialmente cierto en el caso de Nuoro, situada en un terreno elevado al pie del Monte Ortobene, y la zona circundante de Barbargia, en el centro montañoso y antaño densamente arbolado de la isla, con una fauna rica y peculiar. Cerdeña tiene su propia lengua, el sardo, con numerosos dialectos. Y, dentro de los dialectos sardos, el de Nuoro es especial.
Así pues, la lengua materna de Grazia Deledda no era el italiano estándar, sino el logudorese sardo, un dialecto italiano que puede considerarse otra lengua romana. Deledda creció con leyendas, folclore y costumbres nativas sardas que conservaban rasgos y temas culturales de la antigüedad. Por razones culturales, incluso más que históricas, Deledda llamaba a su querido Nuoro «un pueblo de la Edad de Bronce». Su ubicación geográfica también explica otra peculiaridad: la isleña Grazia Deledda nunca vio el mar durante su infancia.
Otra historia la misma isla: Annalena Bilsini
Annalena Bilsini es la cabeza de una familia de cinco hijos varones, el tío Dionisio, la nuera Gina y dos nietos.
Annalena ha arrendado unas tierras devastadas a buen precio, que con el trabajo de todos hará rendir para recuperar la posición social que la anterior generación dilapidó. El invierno es frío e inclemente y amenaza con dar al traste con sus planes.
La Navidad le trae dos regalos. La nieve tan esperada que dará humedad a los cultivos y el regreso inesperado de su hijo Pietro, que sirve en el ejército.
Pero los frutos pueden ser amargos.
Pietro llega para la cena de Nochebuena acompañado de Isabella, la hermana de Gina. Y apenas llegado, intenta seducir a su cuñada, que tiene un matrimonio desdichado.
Isabella se da cuenta, pero todos callan.
Para desviar las sospechas de su hermano, Pietro decide casarse con Isabella.
En primavera, la tierra da sus frutos. Y Pietro vuelve con licencia, determinado a abandonar a Isabella y raptar a Lia, la hija del terrateniente.













