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sábado, septiembre 26, 2026

La historia de Georgalos el inventor del Mantecol

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Lo bautizó así porque una vecina le dijo que se parecía a la manteca. Un postre diferente. Tenía 24 años y llegó de Polonia escapando de la guerra. Miguel Georgalos se arremangó y se largó a hacer un postre de su país que era apreciado no sólo por griegos, sino por turcos, libaneses y sirios. Como estudiaba pastelería diseñó su torta marmolada. El problema era que no conseguía sésamo. Pero eso no lo achicó. En el país del rebusque, descubrió que la pasta de maní podía usar ese lugar. Y así salió el Mantecol.  La venta ambulante fue el primer canal de distribución de este producto que tuvo rápida aceptación entre los vecinos.

En este país no faltan postres genuinos y autóctonos, desde la mazamorra (con maíz, leche y azúcar) hasta la ambrosía (el preferido de Sarmiento con huevos batidos, almíbar y unas gotas de oporto) pasnado por los alfajores de maicena, el flan con crema, el ‘vigilante’ de queso y batata o membrillo, sin olvidar a los panqueques con dulce de leche, a la chocotorta y de la torta rogel, en ese país vino un extranjero y agregó otro más. Asi, un griego pastelero inventó uno que no había en el mundo. El Mantecol. Cuando Miguel Georgalos llegó al puerto de Buenos Aires tenía tan solo 24 años y no hablaba una palabra en castellano. No traía nada consigo. Vino escapando de la guerra que sobrevolaba Europa. Su único equipaje eran sus ansias de progresar y algunas recetas de repostería que estaba estudiando en Varsovia. Antes de desembarcar en la Argentina, vivió unos años en Polonia. Miguel, oriundo de la isla de Quíos, Grecia, había dejado su tierra natal para aprender pastelería en la panadería de unos parientes en la capital polaca. Sin embargo, la complicada situación de Europa, en la antesala de la Segunda Guerra Mundial, lo obligaron a cambiar sus planes y buscar nuevos rumbos. Así fue como, en 1939, desembarcó en el país.

Miguel Georgalos cuando estaba en Varsovia

En el puerto conoció a un compatriota que lo ayudó con el idioma y le ofreció alojarse provisoriamente en su casa de la calle Muñiz, en el barrio de Flores. Consciente de que debía encontrar rápido la forma de ganarse la vida, Miguel recurrió a sus habilidades culinarias y apostó a una “versión local” de un tradicional postre árabe que se convirtió en la llave de su éxito y de las generaciones venideras.

“Mantecol está en nuestro ADN y es muy importante para nosotros porque no fue solo el inicio de una carrera empresarial para mi abuelo, sino que también fue la herramienta que le permitió volver a tener a toda la familia junta, algo que para la cultura griega es muy importante. Aunque después, las cosas no salieron tal como él las había imaginado…”, dice a La Nación Miguel Zonnaras, nieto de Miguel y presidente de Georgalos.

El nieto Miguel Zonnaras y actual directos de Georgalos

Es pesado y bastante indigesto. Hay que decirlo. Tenía razón la vecina. Era como estar masticando manteca. Pero a la gente le gusta (antes y ahora). Hasta durante las fiestas de fin de año (con mucho calor) los comensales le hacen un lugarcito al mantecol.

En la descripción de Miguel Georgalos, su nieto lo refiere como una gran persona que, por sobre todo, tenía el don de la humildad. Con su sencillez y su forma simple de resolver las cosas, “nos enseñó mucho. No había tenido estudios, apenas lo básico, pero tenía un conocimiento de vida extraordinario. Tengo muy presente su historia porque tuve la suerte de conocerlo y disfrutarlo hasta mis quince años.”.

El originario de su país y amado por todos: con pasta de sésamo y con semillas de pistacho, el halva es degustado en toda la región del Mediterráneo

El origen sin querer

El dueño de la casa, el amigo que lo había alojado, le preguntó qué sabía hacer. Él le contó de su experiencia en Polonia y le dijo que sabía preparar un postre que era bastante popular entre la comunidad árabe, a base de pasta de sésamo. En oriente se conoce como “halva”, “halava” depende si le preguntás a un libánes, un sirio o un griego. Comenzó con su emprendimiento doméstico con la idea de producir aquel postre típico, pero se topó con un problema: no encontró sésamo, la materia prima principal en la receta, su esencia. Empezó a pensar con qué podría reemplazarlo y apareció el maní. Básicamente, reemplazó la pasta de sésamo por la pasta de maní… y cuando lo hizo descubrió que el producto era muy apetecible. Así creó el Mantecol.0

Al principio la producción y venta era doméstica. Es como si hoy alguien se pone a hacer pastelitos en su casa y luego los vende en el barrio. Vendía puerta por puerta. Hacía una tanda, la vendía y luego regresaba a su casa para seguir produciendo.

El mantecol, producto argentino de origen griego.Con su clásico veteado de cacao

El negocio prosperó tanto que con los años el inmigrante solitario pudo traer a todo su clan a la Argentina y recuperar ese ideal tan mediterráneo de la familia unida. Sus padres, sus cinco hermanos y también algunos primos vinieron para participar de la empresa que entre fines de los años 50 y principios de los 60 se expandió a Córdoba donde incursionó en el negocio del maní.

Miguel Zonnaras cuenta que su abuelo comenzó solo. Y si bien luego contrató alguna colaboradora, él intervenía en todo el proceso: desde la compra de la materia prima, la elaboración y la venta. Entre sus ingredientes, el Mantecol lleva clara huevo, caramelo, algo de cacao… y el ingrediente esencial: el maní. Lo elaboraba en una olla doméstica que luego colocaba en moldes, a temperatura ambiente, para que se estabilice la fibra. “Obtener la consistencia óptima de la fibra lleva un tiempo de ‘paleo’ [mezclado]. Eso mi abuelo lo determinaba degustando el producto. Hasta el último momento, mantuvo la costumbre de probar y controlar cada una de las ‘tachadas’ [una gran olla de 300 kilogramos donde se mezcla el producto]. Luego de probarlas, hablaba con los maestros “mantecoleros”, como él los llamaba, y les decía: ‘Acá está el punto de la fibra’. Porque dependía del clima, la humedad y de cómo venía la materia prima”.

Sobre el nombre “Mantecol”, Zonnaras dice que  hay dos versiones. “La historia oficial es que la señora que ayudaba a mi abuelo en la producción probaba la receta y le decía: “¡Don Miguel, esto es una manteca!”. Y ahí aparece el nombre “Mantecol”. Después, existe otra versión relacionada con su envasado, que era en panes, similar a la manteca, y de ahí el nombre.

Con su esposa saniagueña que conoció en uno de sus viajes a Córdoba: ella adoptó la cultura griega al 100 por ciento y nunca más se separaron

Como cualquier emprendimiento al que le va bien, le llegó la crisis del crecimiento. Le costaba conseguir la materia prima, el maní, en la cantidad y calidad que requería, entonces decidió viajar a Córdoba que es donde se produce el maní. En uno de esos viajes en colectivo a Córdoba se sentó a su lado una joven, Marcela Brandan, de Santiago del Estero, y se enamoraron. Así arrancó su historia de amor.

Y Brandán se constituyó en  un pilar fundamental, la que le daba armonía al hogar. Una persona extraordinaria. “Aunque ella no era griega, se metió tanto con la cultura que terminó siendo más griega que los griegos. Aprendió a bailar, hablar y también a cocinar las comidas típicas. Mi abuelo estaba muy dedicado a su emprendimiento y a su finalidad, que era generar los recursos para traer a su familia que estaba en Grecia”. Eran cinco hermanos: Sofoclés, Timoleón, Constantino, Odysseos y mi abuelo, que era el mayor. Primero les envió una carta para contarles que estaba bien en la Argentina, y les hablaba maravillas de este país. Y, a medida que pudo, los fue trayendo. Mi abuela era la encargada de recibirlos y darles contención.

A medida que la empresa crecía, más Georgalos dispuestos a trabajar en el emprendimiento familiar llegaban al país. “Terminó trayendo a toda la familia: sus padres, sus hermanos y dos primos hermanos. A medida que iban llegando, mi abuelo los incorporaba en algún área de la empresa. Sófocles, como tenía más conocimiento en temas administrativos, fue quien se encargó de esa área. Mi abuelo estaba más dedicado a la producción”, cuenta Zonnaras.

Para ese entonces, los viajes de Miguel a Córdoba para conseguir la materia prima ya eran habituales. Fundó la fábrica de Mantecol en el barrio de Floresta, cerca del Club Atlético All Boys, y ese fue el puntapié inicial para el desarrollo industrial de Georgalos. La casa de don Miguel estaba frente a la fábrica. Es que All Boys, el club de Floresta tuvo mucho que ver con el crecimiento de Mantecol. En los primeros tiempos este producto se vendía muy bien durante los partidos de fútbol de este equipo: Miguel era vecino del campo de juego.

Para los años 60, cuando el Mantecol se consumía en todo el país, era habitual ver su publicidad en la contratapa de la revista infantil Anteojito. Muchos recuerdan la “Bandita Mantecol”, un dibujo animado creado por García Ferré para sus primeros comerciales televisivos.

Durante su apogeo, Georgalos expandió su negocio a los chocolates, los turrones con oblea y los caramelos. En los años 80 comenzó a exportar pasta de maní a los Estados Unidos e incluso a mediados de los noventa se hizo un gran relanzamiento de la marca.

“Con mi abuela, tuvieron tres hijos: María, Juana -mi madre- y Juan Miguel, que fue el presidente y líder de la segunda generación. Hoy los hijos de ellos, la tercera generación, somos los que continuamos con el proyecto empresarial”, agrega.

Aunque hubo otros productos a la producción, siempre el principal fue Mantecol. La expansión fue a comienzos de los 60, cuando ya estaba toda la familia en el país. Ahí arrancaron con la caramelería, confitura, chocolates y la actividad aceitera en Mendoza. La época de oro fue en los 70, cuando el modelo que había formado mi abuelo tenía una envergadura muy importante.

La fáb rica en el barrio de Floresta estaba frente a su casa

En 1995 fallece el fundador y en seis años después el país estaba en una crisis del modelo de convertibilidad.

En 2001, Georgalos vendió Mantecol a Cadbury Stani, filial argentina de Cadbury Schweppes, por 22,5 millones de dólares. “Teníamos una cláusula que nos impedía hacer el producto por ocho años. Por eso, como teníamos la materia prima, arrancamos con un postre de maní Nucream. También apostamos fuerte al chocolate e iniciamos relación de cooperación industrial con Kraft Foods”, explica.

-Sí, 20 años después, cuando nos enteramos que Mantecol estaba a la venta, nos tiramos de cabeza y lo volvimos a comprar. Lamentablemente, mi tío ya había fallecido, pero su imagen fue la primera que vino a mi mente en el momento de la firma. Uno no toma dimensión, pero creo que no hay muchos casos así en el mundo. Con la recompra de Mantecol recuperamos nuestro ADN porque nuestro proyecto empresarial como familia se dio gracias a Mantecol, no fue a la inversa como es lo más común hoy. Acá el producto vino primero y la empresa después.

Así, en 2022, Mantecol, que estaba entonces en manos de la multinacional Mondelez, volvió a la familia de Miguel Georgalos, su creador. Y con un sistema de diversificación: “Hoy tenemos siete plantas en el grupo: cuatro de marcas de alimentos, dos de agro (maní) y una de packaging que abastece a terceros y a nosotros. Son tres unidades de negocio: agro, marcas y envases”.

Fuente: La Nación y Clarín

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