En 1986, un niño de cinco años en India se quedó dormido en un banco de una estación de tren mientras esperaba a que su hermano mayor regresara. Su hermano nunca volvió. Él se subió a un tren y se bajó a 1500 kilómetros. Ni el idioma conocía. Su trepidante aventura que pasó por Tasmania y el rencuentro con su madre un cuarto de siglo después
La historia del muchachito de la India que un día se despertó a 1500 kilómetros de su lugar natal y que no sabía explicar de dónde era, ni su nombre ni su apellido, ni siquiera el idioma de donde estaba. Sobrevivió como pudo en esa nueva ciudad donde no lo conocían y al final, tras una larga búsqueda pudo reencontrarse con su madre.
Había nacido en 1981, en la India, Saroo, cuyo nombre verdadero es Sheru Munshi Khan, vivió los primeros cinco años de su vida en una familia con condiciones muy precarias. Después de que su padre abandonara a la familia, su madre tuvo que comenzar a trabajar en una construcción para poder mantener a Saroo y a sus hermanos, pero su sueldo no era suficiente para comer todos los días. Así que, él y dos de sus hermanos mayores, Guddu y Kallu, intentaban conseguir dinero y comida para llevar a la casa, ya fuera con pequeños trabajos o pidiendo limosna.
Saroo hablaba bien y como su madre se había quedado sola, él y sus hermanos mayores tenían que salir a conseguir algo por las calles: desde mendigar hasta algunas changuitas. Un día, su hermano de doce años, Guddu tuvo que ir a trabajar en la limpieza de una estación de tren, un empleo que solía tener a cargo de vez en cuando, y, tras la insistencia de Saroo de acompañarlo, accedió de mala gana a llevarlo con él. Sin embargo, al llegar, y al ser tan tarde, Saroo se quedó dormido en un asiento de la plataforma, así que Guddu se fue a trabajar mientras le decía a su hermano que volvería pronto y que no se moviera de allí.
Pero no regresó, así que Saroo, algo impaciente, lo buscó en el vagón de un tren vacío que estaba estacionado en la estación: “Pensé que mi hermano regresaría y me despertaría, pero eso no ocurrió. Y no lo encontraba por ninguna parte. Vi un tren frente a mí y pensé que debía estar allí. Así que decidí subir a él pensando que lo encontraría”. Vencido por el sueño, se quedó dormido allí, y, al despertar, el tren estaba en marcha, por lo que no pudo bajarse de él. “Todavía siento ese escalofrío de pánico al verme atrapado. No paraba de correr ni de gritar el nombre de mi hermano, suplicándole que volviera a buscarme”, recordó Saroo.
Lo que vendría iba a ser mucho peor.
No pudo salir de ahí hasta que llegó a la estación de ferrocarril de Howrah, un sitio de Calcuta donde se hablaba un idioma totalmente desconocido para él y donde no conocía a nadie.
“Tenía miedo. No sabía dónde estaba. Simplemente comencé a buscar a personas y a hacerles preguntas”, contó Saroo. Pero nadie pudo ayudarlo, así que pasó dos o tres semanas viviendo allí, mientras dormía bajo los asientos de la estación, comía sobras y escapaba de personas que querían secuestrarlo.
Hacinado, sucio, sin un techo. Subsistió gracias a la comida de la basura y al agua de los grifos. La angustia de la incertidumbre se apoderó de él. «No hay salvación en absoluto», dijo. «Lo único que podés hacer es intentar sobrevivir un día a la vez».
Un día, una pandilla que se dedicaba a raptar niños de la calle, intentó capturarlo. Corrió a través del pasillo de la estación, subió las escaleras a toda la velocidad que sus piernas cortas le permitían hasta que pudo librarse de los secuestradores, que se llevaron a varios de sus compañeros.
Durante un tiempo, Saroo, que no entendía el dialecto bengalí de Calcuta, vivió en la casa de una familia junto a una adolescente local. Ante el temor de que se lo llevaran, huyó del hogar y, a los pocos días, el 22 de mayo de 1987 -su nuevo cumpleaños- fue inscripto en el orfanato de la zona, donde cientos de niños abandonados vivían en condiciones deplorables y bajo un régimen muy poco agradable.
Cambia el viento
Su tiempo de sufrimiento se terminó, por fin, cuando una familia australiana se interesó por él. Querían adoptarlo y Saroo, con su escaso discernimiento de la situación, entendió que era su mejor posibilidad.
Voló junto a una asistente social hacia Tasmania.
Allí lo recibieron Sue y John Brierley. La distancia inicial se rompió cuando le regalaron chocolates, un libro y, sobre todo, un peluche de un koala, al que luego llamó Koala Dundee.
Creció rodeado de amor y con un nuevo hermano, Mantosh, otro niño indio que adoptó la familia.
Con comodidades inéditas hasta ese entonces y bajo el sentimiento de ser uno más, transcurrió la adolescencia hasta independizarse en la mayoría de edad.
Al igual que esa vez en la estación de tren, un avance tecnológico cambiaría su destino y haría que pudiese volver a estar con su madre.
Mientras su vida en Tasmania transcurría plácida, Saroo decidió que quería volver a encontrarse con sus raíces. Y una herramienta virtual vino en su ayuda.
Google Earth es una herramienta que permite ver imágenes de todos los lugares de la tierra. De todos.
Cuando tenía 25 años, Saroo descubrió Google Earth, esa novedosa herramienta que proporciona vistas aéreas del planeta. En ese momento, reconoció que podía ser una alternativa para reencontrarse con su familia.
Volver a ver a su madre, a su hermano y a su pequeña hermana que ya sería adolescente.

«Me sentía como Superman. Podía volar por encima de los paisajes y me preguntaba, ‘¿Este lugar se me hace familiar?’ Y me respondía… ‘No’. Entonces seguía buscando y buscando».
A lo largo de cinco años, se embarcó en una búsqueda obsesiva.
Seguía su instinto y los pocos recuerdos que albergaba le permitieron calcular un radio extenso de acuerdo a la duración de ese viaje a Calcuta y la velocidad de los trenes de la época. De ahí en más, dedicó su vida a explorar.
Esa torre de agua
Así nunca olvidó. Conservó fragmentos: la imagen de un puente cerca de una estación de tren, una torre de agua, la disposición de un barrio, los rostros de su familia.
Algunas semanas pasaba 30 horas examinando imágenes satelitales de pueblos de la India central, buscando lugares que coincidieran con sus recuerdos de la infancia. Su familia en Australia ni siquiera lo sabía; pensaban que solo estaba navegando por internet.
En 2011, después de años de búsqueda, lo encontró. Una torre de agua. Un puente. Un barranco junto a una estación. Era un barrio llamado Ganesh Talai, en la ciudad de Khandwa. Amplió la imagen y reconoció las calles por las que había caminado de niño
La pared de su departamento se transformó en una larga sucesión de clips y anotaciones con imágenes de Google Earth hasta que un día, ya con cierta desazón, encontró una torre de agua que le pareció conocida. «¿Es real? ¿Estoy soñando?», se preguntó.
Las piezas del rompecabezas -borrosas pero familiares- lentamente se acomodaban en su lugar.
Una plataforma de la estación de tren. Un puente peatonal. Un barranco. La topografía, difusa antes, ahora se esclarecía. «Fue un momento surrealista. Saltaba de alegría por dentro», recordó en la revista People.
En febrero de 2012, entonces, Saroo viajó a la ciudad india de Khandwa, motivado por el apoyo de sus padres adoptivos quienes entendieron la necesidad de reencontrarse con su identidad.
Mientras caminaba por su ciudad natal, desanduvo caminos, pequeños pasadizos que se volvían reconocibles. Su intuición lo guio hasta que arribó a su primer hogar. Mugriento, lleno de sonidos de animales, se dio cuenta de que allí ya no vivía su familia.
Logró comunicarse con uno de los aldeanos que lo llevó hasta una anciana que primero lo miró, luego lo reconoció, y después, en estado de shock, lo acarició y lo abrazó.
«Fue el momento más importante de mi vida», aseguró. Cuando le preguntó por su hermano Guddu, recibió la triste noticia de que, un mes después de su desaparición, había sido encontrado muerto en las vías del tren. Con quien sí se reencontró fue con su pequeña hermana, ya entrada en la adultez.
Era su madre. Nunca había dejado de buscarlo. Después de 25 años, estaban frente a frente.

Lo que no supo hasta ese momento fue que su hermano Guddu, el mismo al que esperaba aquella noche en la estación, había sido atropellado y muerto por un tren. Su madre había pasado 25 años buscando a sus dos hijos. Supo qué le ocurrió a uno. Nunca dejó de rezar por el otro.
Su historia se convirtió en el libro “A Long Way Home” y fue adaptada a la película “Lion”, que recibió seis nominaciones a los Premios Óscar.
Saroo se enteró de que su nombre original en realidad era Sheru, que significa «león»; sólo que él lo decía mal.
Un año más tarde, viajó junto a su madre adoptiva Sue a Kandwa para conocer a la mujer con la que ahora compartía un lazo. Con la ayuda de un traductor, los tres se unieron.
«La tierra parecía sufrir una especie de movimiento extraño», dijo Sue sobre ese momento. «Empecé a llorar, y ella me abrazó. Me dijo a través del traductor: ‘Él es tu hijo ahora. Le doy mi hijo a usted’. Permanecimos allí por un buen rato, sólo nosotros tres sosteniéndonos».
De repente, el llanto se aplacó y solo quedó el suspiro.















