El ministro de Economía recurrió a la honestidad brutal en una reunión con el equipo gobernante. No es solo la inflación que no cede o el riesgo país que no baja. Es la economía en sus tres patas de mayores dadores de empleo (industria, comercio y construcción) que no arranca. Los déficits del modelo liberal a ultranza
Fue hace cuatro semanas cuando se produjo la discusión interna más importante de los últimos tiempos en la cúpula del Gobierno. Y llegó en forma de confesión. O admisión de impotencia.
Ocurrió el lunes 30 de marzo en la reunión de la mesa política. Fue el día en el que Luis Caputo reconoció que había tomado todas las medidas posibles para reanimar la economía y que el menú de opciones técnicas dentro del plan que impulsa se había agotado.
“Ya tiré toda la carne al asador”, fue la frase que sintetizó su repaso, que incluyó desde el ajuste fiscal y el torniquete monetario, hasta el acuerdo con el FMI y la ayuda de Estados Unidos.
Fue una expresión de cierta impotencia que dejó preocupados a quienes lo escuchaban. Allí estaban Karina Milei, Santiago Caputo, Manuel Adorni, Diego Santilli, Patricia Bullirch, Martín y Lule Menem, e Ignacio Devitt.

El relato pertenece a Jorge Liotti y salió publicado en La Nación.
“Pero eso fue sólo una parte del planteo del ministro. Inmediatamente después reclamó una señal política contundente que disipara las desconfianzas de los mercados, que hacen que el riesgo país no baje como debería, si se observan los fundamentals del programa. En concreto, reclamó un acuerdo de gobernabilidad con al menos una decena de gobernadores. Su propuesta fue canjear un apoyo estructural en el Congreso para este año y el próximo, a cambio de un pacto político para no competirles en sus territorios en las elecciones provinciales. Una reedición del debate del año pasado. Es decir, condicionó la suerte del plan económico a una estrategia política”, acotó Liotti en su crónica.
El problema de un liberalismo extremo es tan serio como el del intervencionismo extremo. Uno, por defecto y el otro por exceso.
Nadie quiere un Estado empresario. Pero si el Estado recauda impuestos para la construcción de rutas ¿por qué no usa ese dinero para tales fines?
En ningún país occidental, nación alguna abre su economía en forma suicida, como dijera un empresario. Si se va a poner a competir en igualdad de condiciones a las empresas que YA están aquí y dando trabajo, se les avisa y se les da un plazo (casi siempre entre mediano y largo, esto es, entre dos y cinco años) para la reconversión o bien para el cierre. Nunca de un día para otro.
Así, no se abre desmesuradamente las puertas de una economía sin los resguardos necesarios.
Y, como decía Arturo Jauretche, muchos en la city porteña dominan cuestiones financieras (tasas, plazos fijos, riesgo país, cotización del dólar, transferencias, fondos comunes, compra de monedas extranjeras, carry trading, etc) pero pocos saben de la economía real. Y ahí parece estar el problema.






