Posadeño neto, vivió sin embargo unos años en Buenos Aires. Allí supo cortejar las artes pictóricas de las que se asume como amateur con formación autodidacta. Sin embargo, la belleza (que de eso se tratan las artes visuales) está plasmada en su obra. Y lo mismo, en su lado poético donde es presentado por su amiga de siempre Rosa María “Miki” Etorena. El viernes 4 a las 19 en el otrora Palacio del Mate, hoy Museo Lucas Braulio Areco
A partir del viernes 4 de septiembre, realizará una Muestra de pintura y poesía de obras de Jorge Galeano a partir de las 19 en el Museo Municipal Lucas Braulio Areco de calle Rivadavia entre Bolívar y Córdoba. Conocido en su trayectoria pública como abogado, político y gestor de la empresa Aguas Misioneras SE, Galeano ya retirado de la vida pública, se dedica a lo que el poeta romano Horacio se refería en su obra Ars Poetica, “ut pictura poesis» concepto que devino teoría artística occidental para vincular la hermandad entre la literatura y las artes visuales. De allí que su presentación se denomina “P & P”, justamente. “A quienes vayan, les entregaré un cuaderno de poesías”, prometió Galeano para su vernissage del viernes por la noche.
Jorge Enrique Lisandro Galeano, hace de su condición de “misionero” un motivo de orgullo. Un emblema que lo enaltece. Nació en Posadas el 18 de septiembre de 1948. La familia vivía en Junín 1418, a media cuadra de la plaza San Martin. Se considera un “misionero medio” en el sentido que los orígenes de su familia están sólidamente anudados con parentescos con familias del Paraguay, Uruguay, Brasil y Francia, en este último caso por la vertiente materna. De modo que sus raíces familiares vienen a ser un paradigma de lo que el mismo Galeano llama con humor “confusión regional”, por las mezclas nacionales que se registran en su composición, siendo este profundo mestizaje uno de los rasgos más típicos de nuestra sociedad…”. Así lo presenta Rosa Maria “Miki” Etorena de Rodriguez en el prólogo del Poemario “Impresiones”.
El propio Galeano advierte: “A quien se atreva a contemplar esta muestra de pinturas debo confesarle dos cosas: primero, que nunca he tenido formación artística académica. En efecto, nunca estudié dibujo ni pintura, y todo lo poco que he podido hacer en muchos años sólo puedo atribuírselo a las enseñanzas que, de niño, me regaló mi madre. Sólo cursé un año del profesorado de Dibujo y Pintura en el Instituto Montoya, en 1974. O sea, soy un completo y asumido amateur y no pretendo jactarme de una condición profesional que nunca he tenido ni tendré. No paso de ser un atrevido “autodidacta”.
Y continúa: “Y segundo, esta una muestra de osadía que desafía el temor al ridículo que suele acompañar a los años, y provocada por la insistencia de mis hijos y sobrinos (en especial, el artista plástico Leo Fangano) para quienes -con la indulgencia propia de las personas que te quieren- insistieron en que me atreviera a compartir con otras personas, que quizás nunca he conocido, lo que siempre fue un producto de impulsos de expresar sentimientos a través del color”.
“Cuando me tocó vivir una gris etapa de mi vida en Buenos Aires, ciudad bella pero que permite que la disfruten los que la visitan, pero que hace padecer a quien la viven cotidianamente en soledad, comencé a escribir poesía, una afición también heredada de mi madre. Pero a mis palabras le faltaba color.
“Así, cuando cobré mi primer sueldo en un trabajo formal, fui a Artística Leidi y pregunté que se requería para pintar cuadros al óleo. Por las enseñanzas de mi madre sabía de la existencia de colores primarios, secundarios y complementarios. Un paciente vendedor me asesoró bien y salí de Leidi portando el equipo esencial: caballete (que aún conservo), paleta, pinceles básicos, aguarrás vegetal, pomos de pintura, unas barras de carbonilla y dos telas de tamaño mediano.

En aquel entonces (1967) vivía, completamente solo, en Cangallo y Bulnes, en una entrañable buhardilla de un antiguo edificio, hoy demolido. Cuando estuve frente a frente con la blancura de la tela, sentí pavor. ¿Cómo empezaba? Contrariando mi inevitable agnosticismo de juventud y mi rebelión contra Dios, vino a mi mente una imagen de la Virgen María. Y torpemente la pinté, imaginándola muy bella. Se rompió el hechizo paralizante de la tela en blanco…”
Galeano ha enumerado sus procesos creadores de esta manera: “He pintado en tres ráfagas o etapas creativas, cada una con sus propias experiencias y características.
Primera etapa (Porteña)
La primera, del año 1967 a 1972, llamo “Porteña”. Muchos grises, azules, ocres, ensayos y búsquedas de más color, lo que recién logré en el último cuadro de esta serie. Comienza con estudios de formas y movimientos que expresen emociones en la relación del hombre y la mujer, unidos por complementarios. “Pareja caminando” (cuadro I); “Pareja conversando” (cuadro II); “Apoyo moral” (cuadro III); “Futura mamá” (cuadro IV) es un estudio en azul, donde lo central es la expresión y el movimiento. Esta etapa concluye con un evidente contraste de colores en “Autorretrato” (cuadro V) y “Susana” (cuadro VI), pintados sucesivamente. Cada uno podrá encontrar su significado.
Segunda etapa (Apostoleña)
La segunda, de 1973 a 1975, denomino “Apostoleña”. Después de vivir quince años en Buenos Aires, regresé a Misiones de la mano de mi esposa Amalia Susana Micolis. Mis indulgentes suegros me habilitaron un atelier en el fondo del jardín de su casa de Apóstoles. El cambio se hizo notar en el abundante y casi exuberante colorido que sólo nuestra tierra provoca en el espíritu. Esta etapa fue una entusiasta pintura de hoy añorados y felices fines de semana. Créanme que no es lo mismo pintar en Buenos Aires que en Misiones.

Así inauguré esta ráfaga con el “Vendedora siesteando” (Cuadro VII).
Y aumentó la producción con retratos de niños: “Juan Carlos” (cuadro VIII); “Rosina” (cuadro IX); “Milín” (cuadros X y XI); y “Evangelina” (cuadros XII y XIII).
Incursioné también en naturalezas muertas: “Flores en azul” I y II (cuadros XIV y XV); “Rosas blancas” (cuadro XVI); “Florero” I y II (cuadros XVII y XXVIII); “Naturaleza muerta” (cuadro XIX).
Y mi esposa Susana fue mi modelo en “Mujer Peinándose” (cuadro XX) y “Susana tomando su té” (cuadro XXI).
Tercera etapa (Misionerista)
Luego vinieron años de enervada inspiración. Me recibí de abogado, y sabido es que el Derecho es una disciplina inhibidora de la creación artística. Al dogmatismo jurídico le cuesta tolerarla y sólo, a regañadientes, admite la literaria. Enfría el alma.
Ni bien me alejé de la práctica cotidiana de la abogacía, surgió una tercera ráfaga pictórica, que es la que hoy transito (desde el año 2015 a esta parte) y denominé “Misionerista”. Centré mi atención en las vivencias de una Misiones pletórica de recuerdos, y de sencillas y cotidianas historias humanas. Debo agradecer, siempre, a la inolvidable Teresita Warenycia, que con su hermoso trabajo plasmado en “Posadas Des Memorial (1830-1930)”, me inspiró todos los cuadros de esta etapa. De alguna manera, es un homenaje que le rindo con todo mi cariño y respeto a su memoria.
Esta ráfaga está representada por el “Tarefero” (cuadro XXII); “Conversando” (cuadro XXIII); “Las Paseras” (cuadro XXIV); “La placita” (cuadro XXV); “Vendedora de naranjas y limones” (cuadro XXVI); “Niño triste” (cuadro XXVII); “La planchadora” (cuadro XXVIII). Hay dos cuadros ausentes en esta muestra, muy bien guardados por mi hijo Lisandro y su esposa Iria, en su casa de Sanxenxo, Galicia.
***
Dice Miguel de Unamuno que en el acto artístico intervienen dos personas. El creador y el observador. Nadie crea algo pensando en guardarlo en su reservada intimidad. Se crea para expresar algo a un prójimo para que lo vea, lo escuche o lo lea. Y éste es tan esencial al acto artístico como el primero. Porque el acto artístico no responde a nuestra dimensión material, por naturaleza egoísta, sino a nuestra dimensión espiritual y, fundamentalmente, social.
Así las cosas, hoy me atrevo -con el atrevimiento propio de una vejez que atempera las críticas dolorosas- a compartir con ustedes mi asumido amateurismo. Las oportunidades para hacerlo se agotan con el paso del tiempo.
Quiero agradecer a las autoridades municipales la oportunidad que me brindaron generosamente para concretar esta muestra.
Por adelantado, el creador agradeció la visita a su muestra que estará en lo que antes se conocía como el Palacio del mate de lunes a viernes de 7 a 19 y los sábados de 9 a 12.
Cómo escribe
En su análisis de la obra Miki Etorena destaca: “Apenas abordada la lectura de su poemario nos asalta la sensación de que su querer, de posadeño están en verdad más ligado al interior de la Provincia, especialmente en la zona sur de Misiones, paisaje que se asocia permanentemente a sus vivencias infantiles:
Campo ondulado,
breve sierra
del sur de Misiones.
¡Ay, si tus colores
avivan imágenes
de infancia,
tan próxima, tan lejana!
Azul horizonte.
Profundidad
de los cañadones,
Tu soledad aviva
mis amores,
¡tierra vieja, tierra nueva,
siempre tierra
de los sudores!
¡Ay, tierra misionera
de mi querer
y de mis dolores!
(De “Sur de Misiones”)
La primera parte del libro, que subtitula “Impresiones” está impregnada de nostalgia por una edad paradisíaca y por el recuerdo de los mayores, sus antepasados, aquella antigua raza de pioneros. El poeta se siente partícipe de ese proceso histórico y reactualiza los valores provenientes de distintas culturas cristianas. Revaloriza su particular “aristeia” cuyos blasones se forjan en la familia y en el trabajo de la tierra y su gente.
Candelaria,
antiguo descanso.
Fantasma y cementerio.
¡Vean mis hijos
en tu tierra
la sangre de sus abuelos
y en la tumba vieja
su temple misionero!
Candelaria,
¡cuna de cunas!
Mi corazón canta
tu historia, tu nostalgia,
tus desvelos!
(De cementerio”)
Poesía que se nutre de la vida real. El padre, el abuelo, el bisabuelo del poeta son oriundos de Candelaria. También los miembros de la familia de su esposa nacieron, vivieron y descansan en el antiguo cementerio. Son los elementos fundantes de la poética bien centrada en sujetos sólidos y bien misioneros. Este poema que puntualizamos es un ejemplo claro de otros, que pueden señalarse en todo el libro, de que su poesía encuentra su fuente nutricia en el núcleo familiar en el que se reconoce, y es un paso necesario para abrirse al amor por la tierra y su gente.
Se produce así una intensificación de la concepción histórica, pero por el camino más humano de lo intrahistórico. Es lo que le devuelve al poeta a un vivir arraigado en la tradición, así como la sensación de sentirse transitorio.
En esa calidad tan cristiana de la vida como en un tránsito puede y debe ser el hombre reconocer su dignidad y su nobleza., más allá de la conciencia de su autor.
Los hombres que viven en esta geografía deben responder al desafío de la naturaleza, que en su exuberancia da tanto como quita. En esta experiencia se formaron esos caracteres agigantados por la distancia. Así recuerda a Virginio Leoni, su tío, a quien dedica una lograda elegía.
No habrá monte para recordar tu figura.
No te importe.
También el monte de Misiones
se muere y se olvida.
……………………………………………………….
Y yo pensaré en tí
como el hombre grande
que lloró algún día,
con su mirada verde
en los yerbales.
…………………………………………………………
(De “Dies illae”)

Otros personajes encarnan en esta geografía: la de don Carlos Micolis, el “ítalo brasileño, argentino y misionero”; o la figura anónima del mensú, con su destino de sufrimiento y explotación.
En el poema “San Juan de la Sierra” el poeta se desdobla en el testigo que rescata “un Souto de leyenda”. Y admira sus cualidades y costumbres del hombre de latierra; para ello se igualan dos términos: Souto es igual a mate, a león en el monte, a víbora en la capuera, a saber esperar.
La poesía así esgrimida, no es otra cosa que una interpretación sensible del mundo y Galeano desarrolla aquí una visión del mundo en que la vida y sus cotidianeidades alcanzan enormes dimensiones. No olvida, por sabido, “que el poeta es el hombre” con toda su humanidad a cuestas. Todos los poemas de su libro son coherentes en esta línea de humanidad y sus apariencias aspectos disímiles muéstranse, en rigor, solidarios.
Los surcos del tiempo
La historia. El tiempo del hombre tiene muescas, pequeñas grandes marcas en el devenir, que son los destinos particulares, los que permiten al poeta vivir experiencias simultáneas a través del tiempo. Su Roque González adquiere una gran hondura y emisión cuando se lo muestra en sus momentos finales, en su martirio. Es por momentos su coetáneo en un juego de imágenes bellamente logrados. En San Ignacio recrea con admiración un estilo de vida que trasciende eltiempo.
Los muertos que nos hablan.
Que viven y trabajan
sembrando preguntas y sombras
en los surcos del tiempo.
El ángel del candor primero.
Nostalgia del paraíso. Los niños cantan y juegan en los pinares, puro ser; edad sin memoria, mítica, donde reside el alma, ciudad inviolable que busca recuperar elpoeta:
En la gótica bóveda
se encadenan
risas y cantos,
silbidos de frescas
piñas.
Pinar, ¡alegre pinar
de mi tierra!
¡Salón de juegos,
cuna de mi alma!
(De “Pinar-Con niños)
Ese patrimonio esencial se relaciona con vivencias primeras junto a su madre, a quien perdiera trágicamente a muy temprana edad. Así lo recuerda el poeta: “…mi madre era una mujer exquisitamente culta y sensible. Con un elevado espíritu artístico. Escribía muy bien y dibujaba mejor. Murió muy joven, a los 39 años, por un accidente tremendo (sufrió terribles quemaduras en un accidente de cocina y luego de una desgarradora agonía de tres meses no pudo soportar más). Yo tenía 14 años y estaba solo con ella cuando tuvo el accidente. Nada pude hacer por ella. ¡Pobre madre! Esto fue en Buenos Aires”.
El episodio ha quedado grabado en la mente y el corazón del niño, que madura abruptamente ante el despojo y misterio de la muerte. Terrible experiencia, devastadora soledad, El hombre-poeta buscaré reconstruirse. Poemas testimoniales de honda sensibilidad estos de Galeano. La tarea lenta y reparadora del amor cumplirá su misión. En medio de “la noche oscura” del alma, del “sueño de la muerte” apuntará la luz. Delicado milagro que obran el amor de la mujer amada y la llegada de los hijos. Es la dura batalla entre el dolor y la esperanza.
Recordé el Ángel
de mi niñez,
cuando descendía
de la sonrisa de mi madre,
acariciando mis ojos
asombrados.
Recordé al Niño
que reposaba junto a mí,
promesa de madre
velando en la noche oscura.
Recordando conté
cuánto he perdido.
Mi Ángel, mi Niño,
mi madre.
Recordé luego
mis cuatro corazones
y mi amor inagotable…
Y sentí que velaban
junto a mí
en esta noche oscura,
sin Ángel, sin Niño,
sin madre.
Y quise despertar
al sol.
¡La vida me ha pagado
el daño causado!
(De “Recuerdos nocturnos”)
La voz
La poesía de Jorge Galeano tiene una fuerte presencia de la tierra, de la historia, de la familia; a partir de esos elementos surge la emoción de los recuerdos conectados a sus vivencias más entrañables: los sentimientos infantiles impregnan poderosa y mágicamente el paisaje, las antiguas y rectoras figuras familiares adquieren la dimensión de arquetipos. Lo hace desde la nostalgia y desde su esperanza. Poesía intimista, que no desdeña la anécdota. Evidente atención al lenguaje, sensualismo y emocionalidad intensa, sus notas que caracterizan su voz.
Emplea especialmente versos muy breves, casi oraciones o si se prefiere canciones, con frecuentes exclamaciones al cierre de estrofa y pocas transposiciones alegóricas. Prefiere un timbre alejado de la grandilocuencia, de las metáforas extravagantes. Escoge un estilo despojado, pictórico, cuya notable fuerza y elegancia reside en la contundencia de los sustantivos. No recurre al “color local” ni a lo dialectal o comarcano para expresar lo singular, porque no busca por ese camino la tipicidad. El compromiso del poeta Galeano tiene una fina urdimbre: el paisaje y la historia de sus gentes se entrelazan con el material de su propia vida.
Su compromiso no nace tampoco de proclamas y enunciaciones retóricas o ideo lógicas, sino de un “padecer con”. Así su poesía se presenta firmemente arraigada a su cultura, que es la nuestra, la de los misioneros de este tiempo. Es una realidad, una manera de “estar en el mundo”. Por eso su palabra poética tiene resonancias que trascienden lo particular.
Es en verdad palabra viva, voz, que nunca podrá convertirse en objeto como algo ajeno al hablante según pretensiones de una crítica cientificista. Nuestro poeta es un intelectual, un hombre de leyes, pero pleno todo él de categorías del pensamiento popular misionero.
No hay vacuidad ni intimismo diluido en su expresión. Hay un puñado de composiciones en las que lo estético y contemplativo tienen cabida. Y lo estético armonizado con lo cargadamente pictórico y agreste. Como rudos y vitales son nuestros pueblos, nuestra tierra misionera y su gente, que requiere de esta naturaleza de voz para sentirse expresados.
Esto es seguramente una de las claves de esta poética: el haber encontrado un nuevo sujeto aquí entre nosotros su coetáneos, vecinos y amigos para convertirse en una particular manera de “estar en el mundo” como aconsejaba Kusch.
Rosa María Etorena de Rodríguez








