El plan financiero del gobierno nacional buscó equilibrar las variables referidas a ese aspecto. Pero la economía real aún sigue catatónica y la gente empieza a desesperarse. Una explicación del fenómeno que vive la Argentina
Estudié Macroeconomía con el profesor Valcarce, un español que manejaba las cuentas públicas en Misiones. Una de las obras base que usábamos era Introducción al estudio del Ingreso Nacional de González y Tomasini, un libro no muy extenso y editado por Eudeba.

El modelo planteado era sencillo: lo que hace al Producto Bruto Interno de un país (Ingreso nacional o PBI) se debe a una sumatoria de todo lo producido más los servicios que se prestan, más el dinero en los bolsillos de la gente, más el dinero en los bancos y en el Banco Central, más toda la inversión de las firmas y los particulares más todo lo que se exporta y menos todo lo que se importa. Más o menos. Muy simplificado. Pero sirve.
El enfoque ponía de relieve el trabajo que había hecho a comienzos de los años 30 John Maynard Keynes para dar un marco teórico y tratar de sacar al mundo del desquicio en que se hallaban, tras la caída de las bolsas en 1929.
En una palabra, se estudiaba a Keynes pero no se lo idolatraba (ni se lo odiaba, como dice que hace el Presidente hoy).

Tanto el profesor como toda la movida académica aceptaba sin más estas ideas de que si “la mano invisible” (el gran jugador de la teoría liberal) no aparecía para acomodar los tantos y ordenar la economía (el plazo máximo de tolerancia era de 18 meses) había que recurrir a otras alternativas. Habían pasado casi cinco años y el motor económico de Estados Unidos seguía parado con sus bujías empastadas y sin posibilidad de arrancar.
Ahí surgió (quizá sea más mitología que realidad) la sugerencia que Keynes le hace al presidente de EEUU, Franklin D. Roosevelt: Contrate cinco hombres para que caven un pozo y otros cinco para que lo tapen.
La idea era generar demanda agregada y que la economía se ponga en movimiento.
Naturalmente, el mismísimo Keynes lo vio como una solución-parche. No como una cuestión de Estado permanente. Si tenés todo parado y la economía no arranca, da el primer empujón vos desde el Estado.

¿Aunque produzca inflación? (esa sería una de las críticas de los puristas liberales).
Hay que consignar que en ese momento NO HABÍA inflación sino deflación y nadie gastaba nada. O sea, no solo que los precios NO subían sino que bajaban. Solo que nadie gastaba nada y todos amarrocaban (ahorraban y cuidaban) cada peso que tenían.
NO era contratar gente para que cave un pozo y otra gente para que lo tape. Era hacer represas, caminos y autopistas, plantar árboles, puentes, aeropuertos. Se llama Obra pública.
No es una cuestión automática ni precisa como una ecuación. Ya se sabe: la economía no es una ciencia exacta sino más bien una ciencia social cuya única ley vigente es la de oferta y demanda.
Pero aquello funcionó.
Hoy en día, el Presidente Javier Milei -enancado en economistas ultra liberales como Von Hayek y Milton Friedman- dice odiar a Keynes. Pero está tapando con ese imaginario rencor la realidad. Nunca es Estado 0% ni Estado 100%. Ninguna economía del mundo funciona así.
Si se quiere abrir la importación para que las industrias locales “sean eficientes” y compitan de igual a igual con las del exterior no se puede caer en una apertura suicida, como dijera un empresario. Mal que le pese al Presidente. Se abre pero con un lapso de un año, 18 meses dos años para ver si pueden competir. Si no, deberán cerrar.
Y, como decía Arturo Jauretche, muchos en la city porteña dominan cuestiones financieras (tasas, plazos fijos, riesgo país, cotización del dólar, transferencias, fondos comunes, compra de monedas extranjeras, bitcoins, carry trading, Leliq, bonos, etc) pero pocos saben de la economía real. Y ahí parece estar el problema.
¿Se puede abrir la economía y que las industrias locales compitan con las del exterior? Se puede. Pero hay que entender que no es un mundo ideal con dulces señoritas repartiendo flores por ahí. Es un mundo duro y la lucha se parece a la ley de la selva. Los países envían sus productos a precios por debajo de sus costos para fundir a las empresas (dumping) de los otros países y luego adueñarse de esos mercados e imponer (cuando ya no haya competencia) sus precios (mucho más altos) sin control. Ese es el mercado real.
El propio Jauretche planteó un ejemplo hace 60 años que mantiene una vigencia notable:
“Quisiera hacer una prueba si fuera posible hacerla: Traer el establecimiento industrial más grande y eficiente del mundo, que invierta capital, traiga su técnica y tenga la protección del 20 por ciento (esto es, para evitar el dumping), porque el mercado es pequeño. Pero he aquí que cuando la fábrica empieza a funcionar bien, luego se le bajan los derechos de aduana (se abre la importación), posteriormente se la somete a la sobrevaluación monetaria y finalmente se le suben las tasas de interés (bancarias). Yo le preguntaría entonces ¿qué industria del mundo podría resistir esa combinación de factores adversos?”.
El ejemplo es teórico. Y es seguro que nadie en el gabinete nacional leyó nada nunca parecido. Y sin embargo es TAN real.
La economía real del país no puede ser solo el RIGI. Allí solo entran los GRANDES inversores y han resultado beneficiadas tres o cuatro provincias que poseen recursos en litio, hidrocarburos y no mucho más. Y para peor, casi no se generaron empleos que tanto necesita el país.
El comercio, la industria, la construcción vienen en una caída fatal.
Mientras tanto, como su fuera un horóscopo letal, todos los días aparecen las listas de empresas que cierran o que echan empleados y pasan a ser simples importadoras.
Algo está fallando entre los financistas de la city porteña.
Es hora de dejar de odiar a Keynes y entender que la economía no son las finanzas. Hay un mundo afuera de esas diez manzanas que rodean la Casa Rosada. Hay gente que quiere trabajar y que no consigue. Hay una economía real esperando por empezar a funcionar.









