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miércoles, agosto 19, 2026

La desilusión de la clase media

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En esta columna se habla acerca de frases, políticos y filósofos. Desde La Nación se suscita un análisis sobre el desencanto político y el fin de la ilusión para con las actuales autoridades nacionales. La clase media que lo votó ve con indudable desilusión la quiebra de sus expectativas

El columnista de La Nación Jorge Fernández Díaz comienza con una reflexión de Frederic Nietzche: “No me molesta que me hayas mentido, me molesta que a partir de ahora no pueda creerte”.

Y continúa con otra de un filósofo norteamericano, Eric Hoffer: “La desilusión es una especie de quiebra. La quiebra de un alma que gasta demasiado en esperanza y expectativas”.

Cuál era el nodo sobre el que erigía estas dos frases referidas al fin de la ilusión. Lo explicita claramente: “La administración libertaria merodea la quiebra de la credibilidad y el precipicio del desengaño”. 

Cuando en 2023 llegó la nueva administración, muchos jóvenes pensaron -en verdad- que cobrarían en dólares. Y que a la clase media le gustó eso de que los ciudadanos de a pie no pagarían el ajuste. Que el mismo sería hecho por «la casta».

No son pocos los que vuelven a mencionar la famosa teoría de Baglini: cuanto más lejos estás del poder, más locas y esperanzadoras serán tus promesas.

El propio Fernández Díaz lo resume así: “Al relato de cualquier gobierno lo acecha el mismo peligro: volverse inverosímil a fuerza de pronósticos errados, camelos evidentes, promesas vanas y resultados decepcionantes”.

Y siguen las frases: “La diferencia entre un político y un ladrón es que el político te roba la ilusión antes de robarte el dinero”, escribió el médico y periodista francés Georges Clemenceau que también ejerció como político.

Y así el 23 llegó con la gran ilusión: íbamos a subir como pedo de buzo (sic), la mejora sería evidente y la que pagaría todos los costos sería la casta. Un modelo brillante.

El problema es cuando se percibe que esa promesa está lejos de cumplirse.

Con las exactas palabras de un periodista que sabe escribir, Fernández Díaz lo resume así: “La administración libertaria merodea la quiebra de la credibilidad y el precipicio del desengaño. Porque el principal juego que entabló en estos dos años y medio consistió en hacerle sentir a la sociedad que el dolor y el esfuerzo valdrían la pena luego de haberle jurado en campaña que los ciudadanos de a pie no pagarían el ajuste. Una mayoría considerable le perdonó ese gran bulo y apretó los dientes: vadeado el río, sobrevendrían la recuperación y la prosperidad. Pedo de buzo, dólares por las orejas, brotes verdes, consumo volando, paseo por el parque: la recompensa después del sacrificio”.

Así ¿qué queda? Al relato de cualquier gobierno lo acecha el mismo peligro: volverse inverosímil a fuerza de pronósticos errados, camelos evidentes, promesas vanas y resultados decepcionantes.

Una gran mayoría de ciudadanos ha perdido la paciencia y la ilusión, señalan las encuestas.

De odiadores a odiosos

Y hay otra característica que perfilan los sondeos. Lo que en la campaña era visto con simpatía ahora resulta chocante. “la devastación de la ciencia, su desdén por la universidad y la cultura, y su ánimo de enfrentamiento soez y sistemático -al principio causaba gracia, hoy provoca rechazo-, convirtieron a los odiadores en seres odiosos”, resume el analista.

En temas económicos -donde supuestamente las actuales autoridades tenían superioridad sobre el resto- también aparecen rengueras que evidencian sus desatinos.

Cuando le preguntaron al presidente Milei si iba a intervenir en la cuestión de la gente endeudada dijo que no. Que era un tema entre privados. Y que el Estado no iba a intervenir. Sin embargo, como señala Carlos Pagni, cuando se habla del RIGI y las inversiones privadas ¿no está interviniendo el Estado?

“NO es lo mismo saber de economía que de finanzas” solía repetir Arturo Jauretche en los años 60.

¿No interviene el Estado desde el Gobierno cuando lanza su cultura del blanqueo permanente? Consiste en que a aquel que debe, que no cumplió con sus obligaciones con el Estado se le perdona la deuda o se le hace un plan de pagos. Un estilo que se llama en términos muy generales y metafórico “inocencia fiscal”. De esta manera, el que debe sabe que -si espera un poco- va a llegar un nuevo perdón. Así, decide seguir evadiendo porque no hay sanción.

De allí que haya que volver a dos aforismos de Clemenceau: “El arte de la política consiste en prometer lo imposible, explicar por qué no se pudo hacer, y prometerlo de nuevo en la siguiente elección”.

A la que seguía otra. «La fe en la política es la primera víctima de la campaña electoral.»

Quizá por ello, como decía Mark Twain, “los políticos y los pañales deben ser cambiados a menudo, y -siempre- por los mismos motivos.»

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